Los Abuelos del Volcán
Fotos porSergio Tapiro Velasco.
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'Hemos olvidado que hay muchos como nosotros, dispersos y aislados'
Octavio Paz
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El volcán por la noche de Yerbabuena |
Como recuerdo de viaje, el que es nuevo en Colima siente la tentación de tomarse una foto con el famoso volcán como telón de fondo, y hay quienes logran una imagen del gigante en acción, botando una fumarola monumental, como las que en el mes de junio se trasmitieron por todos los noticieros alrededor del mundo. Pero pocos, muy pocos, se animan a conocerlo de más cerquita, y abandonan esta ciudad del pac'fico mexicano sin saber que tan sólo a ocho kilómetros de sus laderas hay unos abuelos que, por peligroso que sea, por mucho que les insistan que abandonen sus propiedades, por bravo que se torne el gigante, de sus ranchos no se mueven. Y aunque suene muy disparatado, los habitantes del poblado 'La Yerbabuena', del municipio colimense de Comala, insisten que le tienen más miedo al gobierno que al volcán.
Todos los d'as son as'
Doña Chofi es una abuela de esas repolluditas de los cuentos infantiles con una trenza blanca y larga atada con un cordel rosado. Trae siempre un mandil de cuadros amarrado a la cintura pues, con tantas ocupaciones, facilito se le ensucia la falda. Hoy, por ejemplo, ha molido café toda la mañana, alternando el oficio con una corta visita al corral de sus gallinas de guinea, una alentada al fogón de leña en el que en unas horas tostará más café, y la preparación de unos tacos de frijoles para su esposo que se ha animado a comer.
Don Rafa, el hombre con quien tuvo doce hijos, acaba de limpiar una bandeja de café, es decir, de separar la cáscara del grano, y se ha tendido en el chinchorro que tiene colgado en el patio, sin muchas intenciones de moverse más. Desde donde está puede ver al volcán despejado, acompañado por un cielo azul de esos que se ven tan bellos en las fotograf'as de los turistas. Por estos d'as (diciembre de 2004) lo ha visto muy activo, vomitando grandes cantidades de lodo, pero antes que sentir miedo, el abuelo se maravilla. Para él y para doña Chofi, que han vivido casi todo su matrimonio en La Yerbabuena, esas expresiones del volcán, que los noticieros vaticinan como alerta roja, son normales.
'Es duro tenerse que morir cuando uno no quiere' dice de repente el abuelo, dando por hecho que quien lo escucha sabe de la enfermedad que lo tiene tan deca'do. Pero ese no es el asunto. Su tristeza ante la inminencia de la muerte se debe a que no quiere irse de este mundo sin saber cómo termina toda la lucha, sin saber si valió la pena resistir tanto.
Pasa el hombre la rayita de la séptima década y, aunque por muchos años fue polic'a, hoy es un abuelo rebelde que, al igual que su comunidad, tiene muy claros los motivos por los que, desde hace seis años, se les quiere desplazar de sus terrenos cerca del volcán 'por la situación de alto riesgo', para ubicarlos en casitas de treinta metros cuadrados a las afueras del municipio Cofrad'a de Suchitlán, también en Colima. Según él, y los 43 habitantes que han hecho cordón de resistencia ante el desalojo, existen proyectos tur'sticos en la zona, similares a los que acabaron con el vecino poblado de San Antonio, donde se desplazó a la comunidad para hacer una hacienda ecológica en la que una habitación cuesta mil dólares por noche. 'Por eso de aqu' no nos vamos, aunque vengan a la fuerza', dice don Rafa, categórico.
Palabras mayores
Cuentan en La Yerbabuena que una tarde de hace un par de años llegaron los soldados a la casa de don Leandro, otro de los abuelos l'deres de la resistencia, advirtiendo del peligro que corr'an todos si no ced'an al proyecto de reubicación. Su madre, una mujer condenada por sus 106 años a una silla de madera, en plena conciencia del revuelo, y con la voz menudita salida del alma, les contestó: 'Les tenemos más miedo a ustedes que al volcán'. Y no hubo nada que hacer.
Después de tantos meses del suceso, se la encuentra en el mismo sitio, inamovible, viendo una televisión a blanco y negro que apenas da señal y, de repente, durmiendo una siesta que parece eterna. A su lado la acompaña la nuera, otra abuelita de cuento que no necesita tener dientes para re'rse a carcajadas. Tampoco necesita grandes razones.
En una casa humilde y cada vez más deteriorada -porque no hay quién les eche una mano- viven pasivas este par de ancianas que al por qué no se van, no piensan mucho para responder: 'porque de aqu' somos, ¿a qué nos vamos?'
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Una abuela de Yerbabuena |
Lo que dice la naturaleza
No parece abuelo todav'a, pero basta escucharlo para saber que en este asunto de la resistencia, don Toño es uno de los hombres más avezados de La Yerbabuena. En la tienda-sala-habitación de su casa no sólo guarda las botellas pláticas de coca-cola llenas de miel de abejas que él mismo extrajo y que tiene para la venta, sino los volantes que a todo el que llega le entrega para enterarlo de lo sucedido en su comunidad. Sus d'as se van yendo entre su relación con la naturaleza, a la que agradece cada alimento que le da, y largos momentos de meditación en los que invoca las buenas energ'as porque, dice, 'hay mucha maldad en este mundo', y sobre todo a su alrededor.
Como los demás integrantes del Calpuli, o concejo de ancianos, Don Toño aprendió a no quejarse. Resiste, sencillamente, y tiene muchos sueños en los que el sistema que oprime y abusa ya no es protagonista. Pero s' exige, en nombre de su comunidad, respeto al derecho que tienen los habitantes a seguir viviendo en sus tierras, as' como una salida inmediata de los soldados que ocupan, inconstitucionalmente, la casa de la cultura de la localidad, y la reinstalación de los maestros que, por la resistencia, fueron retirados, dejando sin clases a los niños.
Su esposa, doña Olga, es una mujer asmática, de marcad'simos rasgos ind'genas, que sabe también de la lucha pero, tal vez porque ésta no es cosa de señoras, se desentiende un poco cosiendo la ropa para su hija Heiby, de seis años; cocinando tortillas con el ma'z de su propia cosecha, moliendo café, haciendo salsas de chile verde, desherbando terreno para ampliar los cultivos con los que se autoabastece su familia, y pintando paisajes en toda cartulina que se encuentra, dándole, casi siempre, un ganado primer plano al volcán. Tal es su cercan'a con este vecino que algunas tardes, en compañ'a de su hija, una nuera y sus nietos, sube a su encuentro en caminadas que aprovecha además para recoger leña. En el sendero que conduce a su cima, se encuentra un árbol gigante que simboliza la resistencia para los habitantes de La Yerbabuena y esto porque, como dice doña Olga: 'Si este árbol tan grande está aqu' es porque lleva miles de años ah' parado, y mire como está de cerquita al volcán. O sea que el volcán no es peligroso'.
Los que quedan
De cincuenta familias que habitaban La Yerbabuena, menos de quince decidieron quedarse en sus ranchos tras cinco evacuaciones provocadas por erupciones del volcán entre 1999 y 2001. Por eso, en las calles empedradas del poblado hay casas cercadas y abandonadas, lo que hace que en sus terrenos los alimentos que dan los árboles frutales se desperdicien en cantidades considerables.
Pero la posición de los resistentes es clara y as' lo expresan en los volantes que reparte don Toño: 'el Volcán, parte de nuestra historia, de nuestras vidas y las de nuestros ancestros, en vez de perjudicarnos, siempre nos ha dado beneficios, nos provee de alimentos, tierra, buen clima, nos fortalece el alma y también nos regala amigos'.
Sin embargo, éstos denuncian que el gobierno del Estado de Colima ejerce presión para desalojarlos, y que las autoridades ejidales los hostigan y culpan de que, por su resistencia, los antiguos habitantes de la zona -que cedieron y viven hoy en la nueva colonia de Cofrad'a- no tienen los servicios prometidos.
Y all' están en el tire y afloje, en una lucha que parece de nunca acabar. Esto es lo que pone triste a don Rafa: sentir más cerca la muerte que un arreglo.
Aunque, pensándolo bien, es posible que s' se entere del desenlace de este embrollo, y esto no porque se avecinen acuerdos o alguna de las partes empiece a ceder. Resulta que en la comunidad de La Yerbabuena no hay cementerio y, al preguntarle a doña Olga el por qué, y al fijarse en la edad de todos los abuelos, bien sensata resulta su respuesta: 'Aqu' tiene la maña la gente de no morirse'.
Colima, México, diciembre de 2004










#1Costa Rica Property » August 17th, 2009 at 8:43 am:
Excelente foto. En Costa Rica hay un volcan muy parecido a ese.
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